Esta frase me rechina un poco porque se usa como si solo tuviésemos que ver lo positivo.  Una crisis implica algo que nos hace sufrir (si no, no sería una crisis).

Lo cierto es que la cuestión primordial está en cómo nos hacemos cargo de nuestra situación, en palabras más sencillas: que está en nuestra mano hacer y cómo  responsabilizarnos.

Suena fácil pero muchas veces nos da pavor, nos bloqueamos, lloramos, nos ponemos tristes, tenemos ansiedad, puede que incluso no entendamos que nos está frenando quedándonos anclados en el miedo o la inacción. Dado que las opciones o implicaciones que percibimos nos pueden parecer aterradoras e inaceptables.

A veces una crisis nos puede hacer sentir pequeñitos especialmente cuando conecta con algo de nuestra historia, “insegurizandonos” aún más en nuestras decisiones dificultando una elección adecuada e incrementando nuestro sufrimiento. Anclándonos a esa posición como si no tuviéramos elección.

Usando una metáfora puedes tener una casa cómoda o una choza con goteras y mala ventilación, pero eliges la choza porque el camino que lleva hasta ella no da miedo y el otro asusta.

Cuando leas esto probablemente lo primero en lo que pensaras será en hacer algo, en pasar a la acción. Es una parte del proceso y un error si solo pasamos a la acción olvidandonos de algo muy importante.

Y de hecho puede ser lo más difícil, acercarme al mundo emocional para ver que siento y permitirme sentirlo (esto duele y lo tememos) posteriormente etiquetarlo,  darle un sentido elaborarlo y trabajarlo.

Incido especialmente en permitirnos sentir, a veces evitamos una situación para no sentir algo que nos hace sufrir.

Reconozcámoslo duele bastante, hay que ser muy valiente,  hacer terapia es en parte ser valiente y aprender nuevas herramientas para pasar por ese dolor o sufrimiento sin quedar atrapado.

El proceso terapeutico nos ayuda a ir atravesando y aceptando aquello que nos duele e indirectamente estaremos mejor.

¿Cómo se puede hacer?

Una de las formas es aprendiendo a navegar por nuestro mundo emocional. Esta es una de las partes de un proceso terapéutico.

Las emociones funcionan como un mensajero, nos avisan de situaciones que pueden ser positivas o dañinas para nosotros, llevándonos a cambiar algo en nuestra vida o situación. En  ocasiones podemos alejarnos tanto de ellas que no las percibimos perdiendo una información valiosísima. Otras veces vivimos inundados sin poder avanzar.

Pueden ser un elemento muy perturbador. Puede ocurrir que ciertas emociones se activen como una alarma hipersensible, ante una situación del pasado que ha quedado marcada en nuestra psique. Esto explicaría ese miedo, pavor o ese sentir que nos hace pequeñitos o nos inmoviliza.

¿Os ha pasado alguna vez que en vuestra mente hacer algo parece muy sencillo y lógico?

Y después ver que somos movidos a hacer algo distinto  que va en contra de nuestra razón sin entender bien que nos mantiene en la situación o incluso sintiéndonos mal, por ejemplo mantenerse en una relación toxica.

Una de las partes más difíciles de un proceso terapéutico, equilibrar entre ambos polos de la emoción por exceso o por defecto. En ocasiones hemos de tomar distancia y en otros momentos acercarnos a ver qué mensaje nos dicen.

Para navegar en este mundo emocional es de mucha ayuda tratarnos con afecto y cuidado. Se puede sintetizar en tratarnos como a la persona que más queramos, con mimo paciencia y cariño. Desde permitir equivocarnos hasta bajar el volumen de la autoexigencia.

Conclusión:

Para poder permitirnos sentir y procesar sanamente la emoción tenemos que posicionarnos desde el autocuidado, especialmente en los momentos de crisis.  Y no tanto desde la exigencia a estar bien si o si, la cual intenta evitar el dolor (lógicamente) en lugar de permitirnos atravesarlo. (Suena bonito pero no es fácil,  por eso decía que hay que ser valiente)

 

Dedicado quienes me acompañan a mí. Y a las personas valientes a las que atiendo y acompaño.

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